Desalojos

Poesía

Escribí Desalojos (Hiperión, 2008) entre 2005 y 2007, en Madrid, Essex y Barcelona. La ilustración de la portada es del ilustrador aragonés Óscar Royo (www.oscarroyo.com)

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El vestido negro meciéndose en la maleta vacía
sobre mi cabeza:
el equipaje de los que llegamos tarde.

En la estación esperaba mamá
arreglada para mí no para ti
para mí para beber
el río de la sangre que volvía a desembocar en ella
tan natural como la muerte natural.

Contenta de mi carne sonreía
como lo hubieras hecho tú

y no conseguía entender mi equipaje.

Parecía como si le molestara todo aquello:
aceptar que a pesar de julio no era para ella
levantar la maleta vacía y meterla en el coche
recogerme y no ir a casa.

Frente a ti
se agarra a mi brazo con todas sus fuerzas
porque sólo ella sufrió con su cuerpo por mí
y la cicatriz de su vientre tiene mi firma.
-Únicamente yo
soy tuya de verdad- me dice.

Una columna de alabastro entre las flores.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Sólo el frío respira en la sala.
Tu cuerpo es ahora una imagen que adoramos.
Frente a él nos persignamos bajamos la cabeza rezamos
con los brazos cruzados con la manos atadas detrás de la espalda
sujetándonos de alguna manera
para no caer contra el cristal
que ya empieza a empañarse por los bordes.

Algunos leen una y otra vez las inscripciones en los ramos:
tus hijos tus nietos tu hermana…
y los repasan pieza a pieza
como si en el código de color que siguen las flores clavadas en sus corchos
o en la posición de una respecto a la otra
pudiera descodificarse un mensaje tuyo
ahora que tú eres una flor cortada.

Esperamos tu señal te hablamos todos a la vez te pedimos cosas parecidas.
Aquí estamos
queriéndote
deseándote con un deseo casi blasfemo:
el deseo de tenerte entre nosotros también en cuerpo palpitante
dulce carne y sangre nuestras.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Tu hijo nos enseña la esquela
asumir la responsabilidad prepararlo todo firmar los papeles
es también una forma de despistar el dolor
A fin de cuentas todavía estás ahí y es como si ellos
siguiesen haciendo turnos en el hospital para acompañarte.

Le pusimos el vestido de lunares, el broche de perlas y unas gotas de chanel número cinco.
Me pregunto qué pensaba tu hija mientras te quitaba la bata
o cuando buscaba en tu armario algo que te hubiese gustado lucir este día.

A mí sólo me queda
contemplar la caja detrás del cristal e imaginarte
pensar en tu cuerpo cerrado para siempre.

Mientras el cristal que ya no empaña tu aliento
se empaña con el frío que mantiene tu cuerpo
contra el calor de julio y la putrefacción de la carne
un par de días más para que los que estábamos lejos
podamos todavía volver y encontrarte.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Contengo toda manifestación externa
que pudiera desplazarles
del centro estelar del desamparo.
Respeto su dolor vigilo sus egos
sé que no guardan un minuto de silencio
aunque mudas sus bocas apretadas
aíslen el sonido.

Para llorar me encierro en el baño
mi pequeño reino blanco mi búnker mi capilla
mi altar con lavamanos.

Mi habitación propia.

Al otro lado del espejo se inundan las flores.
Abrazo la madera.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Con tu cuerpo se fueron también las paredes el techo
el suelo de la casa que nunca poseíste.
Una casa no es un mérito ni un don
una casa es una propiedad.

En agosto tus hijos consumirán sus vacaciones vaciándola
discutiendo quién necesita más uno u otro recuerdo
llenando cajas
oliéndote todavía una vez más por los rincones
huyendo de los niños que esperan acostados en sus camas
el beso de mamá que no llega
en las viejas habitaciones que comienzan a desmontar.

Después de mucho trabajo
entregarán las llaves de la última inquilina.
(Tampoco tus hijos por haber nacido en ella
tienen algún derecho.)
La casa no será más que un espacio en su memoria
para aquel largo corredor donde tus pasos
seguirán haciendo crujir la madera.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Vas a enseñarme a vivir?
Te dejaré tocar mi colección de cáscaras
compartiré contigo las uñas que guardo en los bolsillos.

Las semillas que nos dieron
son pastillas para dormir
y del ombligo dormidos nos crecen frutales.

Te daré de comer.
Ven.

La tierra prometida es cosa de otros.
Para nosotros la arena:
un paisaje que cambia con el viento.

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Amar la nieve no me ayuda a resistir el frío.
Desmonté las calles una ciudad tras otra
para alimentar el fuego
y me puse a vivir
entre las hogueras.